05/10/05

¡FANTÁSTICO!

Nunca deja de sorprenderme la sabiduría contenida en los niños. Acaso cada vez más le encuentro sentido a la definición que Nietszche hacía de la madurez, donde la describía como “la atención que de niños poníamos en nuestros juguetes”.
Estando con mi hijo Cristóbal, de tan sólo tres años, dibujando (en realidad era él quien dibujaba), en un momento, y sin mayor asunto, estalla en una exclamación muy simple, “¡fantástico!”. Esta exclamación es el merecido premio existencial a su gran logro, había dibujado un pulpo. Él, recurrentemente, me había preguntado “Papá, ¿Cómo es posible que los pulpos tengan ocho brazos?”, ante esta compleja pregunta no me había quedado más que satisfacer su deseo de conocimiento con una mera descripción de lo que era un pulpo. Respondía así a un “cómo son” pero no a un “cómo es posible”. Generosamente, Cristóbal me premiaba con una sonrisa de satisfacción, y yo me sentía satisfecho. Luego de preguntarme recurrentemente acerca del “cómo era posible” que un pulpo tuviera 8 brazos y de mis insistentes respuestas descriptivas,…había encontrado una respuesta, “Papá, los pulpos tiene ocho brazos por que le salen todos de la cabeza”.
“¡Fantástico!”, pensé yo. Mi asombro provenía por la simple respuesta de Cristobal y por el detalle no menor en el que mi pequeñín logró encontrar una respuesta que le satisficiera de manera autónoma. Mi sorpresa no se detiene ahí, de pronto me doy cuenta que, además, pese a su insatisfacción con la respuesta que yo le proponía, él gentil y generosamente cada vez me regaló con una sonrisa y siguió su camino.
Cuán niños nos hace falta ser en ocasiones. Esta situación me hace pensar  las veces en las que en nuestra vida ordinaria descansamos en las explicaciones de los demás aún cuando no nos dejen satisfechos. Me pregunto, ¿en qué momento dejamos de ser así de proactivos?.
Inevitablemente vuelvo al Colegio. El momento en que abandono la libertad que me prodigaba mi vida pre-escolar marca sin duda, el ingreso al mundo de las certezas impuestas. Desde ahí en adelante ingresé en un prolijo entrenamiento en la asimilación de las verdades de los demás y a dejar cualquier cuestionamiento de lado.
Esto me lleva a recordar aquel momento en que mi hijo Simón (hoy de 14 años) en ese momento con 5 años, llegaba con gran pena a casa con un sentimiento de angustia por haberle “echado a perder” el trabajo de la profesora al dar una respuesta acerca de qué había sido primero si el huevo o la gallina, ante lo cual inocentemente le respondiese que “el huevo”, argumentando tautológicamente que los dinosaurios ponían huevos y que los dinosaurios habían existido antes que las gallinas. ¡Fantástico!, pero que no se te olvide hijo mío que, en el mundo donde las respuestas están dadas, tener respuestas propias puede ser peligroso.
Sin duda que las certezas son necesarias para una adecuada convivencia social. No es menos cierto también que nuestro mundo está plagado de incertezas y que probablemente la única certeza de la que podemos estar completamente ciertos es que algún día dejaremos esta vida.
Este inicial ejercicio de coacción de nuestra libertad nos educa en una menor responsabilidad con la realidad que nos rodea ya que abre paso a la comodidad (aparente) del absolutismo (o fundamentalismo). Es así como podemos llegar a construcciones sociales tan aberrantes como las guerras, los campos de concentración, los centros de tortura, los actos terroristas, etc.. Lo impresionante es que pese a aquellas aberraciones e incluso en ellas podemos ser libres.
En un polo opuesto, el ejercicio total de la libertad sin un adecuado sentido de responsabilidad por la misma, nos lleva al relativismo. De este modo llegamos a validar la muerte como opción, por ejemplo a través del derecho que le asiste a la madre respecto de la vida de quien está por nacer amparándonos en una discusión tan inerte como improductiva acerca de si lo que hay en ese vientre materno es vida o no. Nos desentendemos del mundo y nos aferramos a las verdades televisivas, respaldamos invasiones arbitrarias de países, nos permitimos el derecho del placer hedonista (eminentemente egocéntrico) a cualquier costo, justificamos los medios en función del fin. En suma, nos deshacemos del ejercicio de nuestra libertad responsable y limitamos con ello la capacidad de ver el sentido de nuestra existencia, nos volvemos autómatas.
En fin, lo evidente es que los niños nos deslumbran con sus impresionantes preguntas y sus fabulosas respuestas. ¿cuál es el “salto cuántico” del “conocimiento humano”?, ¿qué ocurre en ese breve espacio entre “saber” y “no saber”?, ¿dónde nos encontramos?, ¿es mejor ese “dónde” de hoy o acaso es necesario volver a esa certeza incierta del niño?
Veo hoy un mundo que fluye aceleradamente dentro de la matriz del mercado,  que no se detiene a pensar en aquella “pequeñas cosas” como decía el bate Serrat. ¿Tan inmersos y convencidos estamos en que esta es la única realidad posible de vivir?.
Mis certezas de hoy niegan brutalmente mis certezas del ayer, y es esa negación que encuentro el descanso que me permite detenerme a reflexionar acerca de mi propia existencia y su vinculación, a través del aprendizaje, con todo aquello que una vez creí cierto en un genuino ejercicio de mi libertad responsable y encontrando cada día un nuevo y distinto sentido a mi vida.
Miro a mi escuela, y por más que trato, no puedo reprocharle nada. El único responsable de mi vida y de mi libertad soy yo, ¿cuál es la pregunta que buscamos responder cada día?
El orden subliminal y sublime del caos, el desorden subliminal y sublime del orden. Gracias a todos ellos y la vida “que me ha dado tanto”, ¡ah!...Violeta Parra, oculto secreto escondido entre flores y frutales que me devuelve el sentido de aquello que había perdido y que hoy torno inesperadamente en un nuevo nivel de consciencia.
Stan Getz suena decorando almibaradamente mis pensamientos y resurge la inocencia de aquello que de otro modo probablemente nuca fuese considerado música.
Deliro sincopadamente en un ritmo brutal del fluir de la experiencia que nace de la “consciencia de sentido”… ¿y?, ¿Cuál es la pregunta que busco responder?. ¿dónde está aquella maldita pregunta?, la bautizo de maldita ya que si fuera una “puta pregunta” sería tan simple como comprarla. ¿Cuál es el “salto cuántico” del “conocimiento humano”?, ¿dónde estará aquel eslabón perdido del taxón humano?. Sin duda un peregrinar que no termina o que comienza cada día.